Editorial H2o,
78 páginas
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La primera vez que leí el título de este poemario de MJ Romero, le puse un acento que no existía. Estuve días, quizá semanas, refiriéndome a ellos como: cuánto sé de ti. Como exclamando, como admirada: oh, cuánto sé de ti, cómo te conozco. Y pronto, no por la ausencia clara del acento, pronto me di cuenta de qué quería decir ese título, porque conocer a MJ Romero es desconocerse, es límitarse indoloramente: cuanto sé de ti es esto, que no es tan poco, que es apenas nada. Por eso no me ha extrañado que empiece con un poema titulado Nada que sé de ti, porque nada sabemos de vos, nada sabemos de ella, ni casi de nosotros, pero poco escuece ese remoto desconocimiento constante y algo chillón, porque se pueden incluso encontrar, si se quiere, si se está dispuesto, se pueden encontrar nidos en la O de vos y, si se intenta, tener un corazón pera, o abrir un ojo para ver cuándo apuntan al corazón. MJ Romero, sus poemas, son puro laberinto y regocijo de la extrañez. Uno se siente, ante la lectura de la poeta, como en una pecera: todo transparente, todo al alcance de los ojos, tan nítido, acuático, cómodo, pero lejano, pero con un cristal en medio de la realidad y el espacio, porque nunca se llega a lo que importa, que es el exterior, que es el esqueleto del poema. Uno se siente un pez y nada y se sumerge y contiene la respiración, gira sobre sí flotando y vuelve al cristal, por si hubiera desaparecido. Así nos muestra MJ Romero su realidad, su vos, su literatura, acercándonos a una verdad tan absoluta que nunca se podrá alcanzar, así nos muestran sus letras lo que nosotros queremos leer, nos lo desnuda, nos lo muestra, para después dejarnos en un mar lleno de contradicciones, sin cristal, náufragos, huérfanos de una protección que nos defienda de una belleza exótica y única, exclusiva suya.
Bruguera narrativa 2007
¿Si Jetta Carleton hubiera empezado a escribir de soltera, joven, con toda una vida por delante, habría sido capaz de engendrar una novela como Cuatro hermanas? ¿Si sólo hubiera empezado a escribir un poco antes, lo suficiente para que no tuviera sólo una novela escrita? ¿Si hubiera muerto más tarde, habría escrito más, habría llegado a ver publicada su obra? ¿Se convertiría en una Bartleby más, en una Rulfo, habría guardado silencio o simplemente el nivel de sus siguientes escritos no hubiera estado a la altura? Cuando empecé Cuatro hermanas, a las veinte páginas, cuando todavía no tenía saciada la curiosidad -¿por qué salen tres muchachas en la cubierta y no cuatro?-, ya estaba angustiada sabiendo que no me quedaría otro universo más de Jetta Carleton, que tendría que acogerme para siempre a esa familia que dibuja y desdibuja, que quizá fue la suya, que quizá no fue de nadie y ahora es tan nuestra. Pero, desdramatizando y siendo justos, qué importa que sólo tenga una novela, qué importa que no nos quede nada de ella, que no supiera que llevaba adentro una escritora inocente pero cultivada, qué importa si ya es suficiente con Callie, Mathew, Leonie, Jessica, Mathy y Mari Jo, qué importa si Ed, qué importa si Mis Haggar o Charlotte Newhouse o Alice Wandling. ¡Al diablo, qué importa lo que hubiera podido ser si ya forman parte de una realidad rural y lejana, rural y cercana, rural y nuestra! Fragmentada en cada uno de los miembros de la familia, uno se ve incapaz de juzgar o criticar valores: una vez tienes claro qué está bien y qué está mal, como un lector justo e imparcial, descubres un nuevo hilo del que tirar, de donde sale otra voz, otros miedos, otras dudas, otro rezo, otra fe. De entre muchachas alegres con sombreros y flores silvestres bajo los pies, el respeto, la educación, el adulterio, el deseo, la infancia y la estúpida madurez, de entre todo lo que Jetta Carleton reúne como banalidad y convierte en existencial, de entre todos ellos nace una luz que es el mundo, la vida, y acaba uno rindiéndose a los pies de un milagro que somos nosotros mismos, una mariposa, una cinta celeste, cualquier cosa, cualquier cosa, y se siente uno agradecido y complaciente, campesino, de mejillas rosadas: en paz, efímeramente conformista con la palabra de Jetta Carleton (más allá de Dios, o más acá).