Editorial Aguaclara,
118 páginas
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Al libro de Isabel Núñez se llega como a un juego: palmeas contra la pared, te giras, y la ves a ella, palmeas contra la pared, te giras, y apenas queda un tirabuzón rubio que va cayendo al suelo meciéndose como una pluma desganada. Y, tengo que reconocerlo, al empezar Algunos hombres... y otras mujeres, sentí que las reglas eran demasiado estrictas y que no me iban a dejar nada para la imaginación, que en esa coctelera, como cita la contra, en esa coctelera agitada con lo vivido y lo imaginado, no iba a quedar ni un sólo hueco para que mi mente pudiera viajar. Pero al poco me di cuenta de que el curso de ese viaje no iba a ir por ahí: de pronto ya no es la vida de Isabel, de pronto ya no es su cuerpo, ni su cara, ni su libro, sino un amante que te está seduciendo en cada página, un olor antiguo y atrayente que te coge hacia sí y la curiosidad no alcanza para tanta sensualidad. Probablemente fuera mi pudor de haberla conocido antes como persona que como escritora lo que me hacía sentir un leve pudor al adentrarme en eso autobiográfico con lo que se juega en los relatos, pero pronto empieza a cubrirte una oscuridad como en un local donde nada es lo que parece, donde todo se está insinuando, y la claridad no hace más que molestar hasta que desaparece como una gata. Cuando aceptas todas las sombras, cuando entiendes que todo disfraz se acepta, te aclimatas a la claridad de Isabel, a su descarada sinceridad, a que no lleve vestido, a que esté despeinada, y es entonces cuando el libro adopta un olor y una erótica de la que no te escapas. Por eso es como entrar en un juego, por eso es como si fueras un principiante, como ese chispazo primero y único y quizá también torpe, como eso eléctrico que aparece tantas veces en los cuentos de Isabel, por eso es un juego, porque una vez te giras y está ella, y otra, ya se ha escapado y sólo queda el maldito rizo, con un aroma que ya te resulta familiar: una apuesta honesta, un goce sincero y libre.